Para la familia Lébaro Juárez, cada temporada de zafra en Morelos es una oportunidad para un trabajo estable, por lo menos por unos cuantos meses: quizá desde este noviembre hasta mayo de 2013, pues en su natal Chilapa son escasos los empleos.
No tienen de dónde elegir, Alberta Juárez, esposa de don Ignacio, explica: “No hay mucho trabajo, nada más cuando se va a cortar la hoja de la milpa o en el desgrane de la mazorca”.
En éste, como cada año, la abuela de la familia refiere que todos deciden abandonar sus hogares, y aunque no dejan a nadie que los cuide, dice que no temen por sus pertenencias, ni por su casa, ya que no tienen nada considerable o de valor. Sus bienes preciados no son materiales; sino sus nietos, nueras e hijos.
Ellos habitan en los cuartos marcados con el número 3 y 4 de una de las galeras de la Unidad Habitacional Emiliano Zapata, en Tlaltizapán. En el primer cuarto viven su hija y su yerno con sus dos hijos. En el segundo, como pudieron, se acomodaron Alberta, su esposo y el resto de sus nietos.
Hacinados en los espacios pequeños, sólo ellos saben cómo acomodarse. También, mejor que nadie, las mujeres saben cómo estirar el dinero y racionar los alimentos para que les alcancen. Apenas hace unos días que llegaron a Morelos y con ansias esperan la primera raya de sus maridos.
Es el medio día y las mujeres preparan los alimentos y tortillas al calor del fogón. Cada una tiene distinto sazón, pero coinciden con sus historias de vida: desde el momento que llegaron a la zafra con sus familias, desde que eran niñas y cómo fue que conocieron a los que ahora son sus esposos.
“Hay mucha gente que viene a trabajar aquí cada año. Nosotros llegamos el domingo. Tenemos como 39 años viniendo a la zafra. Yo comencé viniendo con mi mamá y ya después con mi esposo, aquí nos conocimos”, se sonroja y platica doña Alberta. "Aquí se enamoraron", cuenta su hija.
Comentarios
Enviar un comentario nuevo