Cuando Carlos Irán Hernández se decidió por el sacerdocio, el apoyo de su familia iba acompañado de un par de consignas: ‘¿Y la plaza, quién se la va a quedar?’, cuestionó su padre, maestro. ‘No somos ricos. ¿Cómo le vamos a hacer con los gastos del Seminario?”, preocupada, preguntó su madre. A lo que Carlos les respondió: “No se preocupen, Dios proveerá”.
“Mi madre estaba dudosa, porque ella decía que no somos ricos, que cómo le íbamos a hacer con los gastos del Seminario, y luego, cuando ya estuviera en la parroquia. La preocupación principal de mi padre fue la plaza. Les dije que no se preocuparan, que Dios proveerá”.
Y así fue, Carlos estudia ahora el último año de teología. Está a unos meses de terminar sus preparación en el seminario. Se dice afortunado y bendito de Dios, por la ayuda que siempre ha recibido en su familia.
Cauto, sin presunción, el seminarista confiesa que para él no fue difícil decidirse consagrar su vida a Dios, pues, platica que siempre ha sido un joven de iglesia, en su comunidad de Cuautla, Morelos.
“Yo soy un joven de parroquia. Desde los 13 ó 14 años, en mi comunidad, iba a grupos de jóvenes y adolescentes. Teníamos cierto carisma para ayudar a grupos vulnerables y de Alcohólicos Anónimos”, finaliza.
Comentarios
Enviar un comentario nuevo