A la familia de Jesús Melchor, un joven de 18 años, el dinero ya no le alcanzaba para comer. Por ello, sus padres se peleaban. Dice que el empleo en su tierra natal, Tlacotepec, Guerrero, es escaso, y que a ello también se suman las células de la delincuencia organizada que se asentaron en la localidad.
“Mis padres se pelaban por la parte económica y porque no tenían cómo pagar los estudios, uniformes y la alimentación de mis cuatro hermanos. Mi papá trabaja en el campo y mi mamá se dedica al hogar; yo estudiaba el bachillerato. El dinero ya no alcanzaba, y por eso tuve que salir”.
Un amigo de su madre que vive en Cuernavaca le platicó acerca de Nuestros Pequeños Hermanos, entonces, para que él tuviera una mejor calidad de vida y no abandonara sus estudios, le dieron la oportunidad de que emigrara al Estado de Morelos, lejos de su tierra.
Hace seis meses que Chuy y su hermano llegaron a la casa hogar en Miacatlán. Él tiene un sueño, quiere ser arquitecto. Por eso está cumpliendo un año de servicio, para después viajar a Monterrey y realizar ahí sus estudios.
“Me gusta construir casas, me gustan los edificios. ¡Quiero construir cosas!”. Él tiene la corazonada de que su futuro será mejor y que algún día podrá regresarle a su familia una parte de lo que recibió, ahora que su vida ha cambiado.
“Siento que todo va a mejorar a como era antes… Todo era un desastre”. Recuerda con tristeza: “No teníamos para seguir estudiando ni tampoco recibíamos apoyos. Además, había mucha violencia en el pueblo”.
La comunidad de Tlacotepec está enclavada en el corazón de la sierra de Guerrero. Según Jesús Melchor, ahí residen unos mil 100 habitantes que a diario coinciden con el mismo ritual.
“A diario me levantaba, arreglaba mis cosas y me iba a la escuela. Saliendo, llegaba rápido a la casa; me cambiaba la ropa y me iba a trabajar de albañil o en el campo, con mi papá”, concluye.
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